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miércoles, 2 de diciembre de 2015

EN DEFENSA DE NUESTROS HOGARES Y COMUNIDADES*


por Wendell Berry



Berry nos habla de cómo en nombre de un bien abstracto y universal –el bien del pueblo, el bienestar de la gente- los vándalos profesionales modernos han atravesado el mundo entero, reformulando entornos naturales y culturales en formas excepcionalmente destructivas. Convirtieron el presente en un porvenir siempre pospuesto y organizaron, paso a paso, los desastres de todo orden que hoy definen la crisis de la modernidad.

Hace varios años, asistí a una reunión que me ha sido imposible olvidar, en Madison, Indiana. Me parece emblemática del destino de nuestro país en nuestros días. Entre la audiencia se encontraban muchos ciudadanos de comunidades locales —la mía entre ellas— recelosos y temerosos de la planta de energía nuclear que entonces, como ahora, se estaba construyendo en Marble Hill. Sentados en el estrado se encontraban representantes del Servicio Público de Indiana, responsables de la construcción de la planta, y miembros de la Comisión de Regulación Nuclear, cuyo trabajo supuestamente consistía en protegernos de los peligros evidentes del uso de la energía nuclear, así como de los ya conocidos engaños e ineptitudes del Servicio Público de Indiana.
La reunión se desarrolló como suelen hacerlo esas reuniones. Los temores, las objeciones, las preguntas y quejas de la gente local fueron enfrentados con 1a jerga técnica y con el suave descaro de que la posibilidad de una catástrofe era pequeña. En tal confrontación, el supuesto oficial es, aparentemente, que aquellos que hablan de una forma más incomprensible y desapasionada tienen la razón; y que aquellos que hablan sencillamente y con sentimiento están equivocados. La fidelidad local, la lealtad personal y los temores privados no son científicamente respetables; no tienen ningún peso ante ‘la consideración objetiva de los hechos’ —aún cuando algunos de los ‘hechos’ puedan ser altamente especulativos o falsos. Y de hecho, en la historia de tales confrontaciones, las victorias las han obtenido sobre todo quienes consideran objetivamente los llamados hechos.
Todavía están ganando en Marble Hill, aún cuando el fraude y la incompetencia del Servicio Público de Indiana son ahora mucho más públicamente evidentes de lo que eran entonces. Pero esa reunión produjo una pregunta y una respuesta que nos deberían decir todo lo que necesitamos saber acerca de la naturaleza de esa victoria, y más de lo que quisiéramos saber respecto al papel que juega la educación en tal empresa. Se levantó una dama en el público y le pidió a los quince o veinte personajes en el estrado que nos dijeran cuántos de ellos vivían dentro de la zona de peligro de poco más de ochenta kilómetros a la redonda de Marble Hill. La pregunta demostró ser tácticamente brillante, y aparentemente desconcertó a los personajes en el estrado, que se vieron obligados a dar la respuesta más breve y sencilla de toda la noche: Ni uno solo. Ni siquiera uno de esos hombres de éxito importantes, bien remunerados, bien educados, tendría que preocuparse por su familia o sus propiedades en caso de un error catastrófico en Marble Hill.
Esta anécdota no tendría sentido fuera de la zona de peligro de Marble Hill si resultara excepcional. Lo que quiero señalar, por supuesto, es que no es excepcional. Distintas versiones de esto están sucediendo ahora en este país en casi todas partes, virtualmente cada día. En todas partes, cada día, gentes poderosas que viven más allá de los efectos de su mal trabajo, o a quienes se otorga el privilegio de pensarlo así, perturban, desgarran, ponen en peligro y destruyen la vida local.
Una poderosa clase de vándalos profesionales itinerantes está ahora saqueando el país y dejando basura. No se habla de su vandalismo por su nombre en virtud de su enorme redituabilidad (para algunos) y la gran magnitud de su escala. Si uno arruina un hogar, eso es vandalismo. Pero si, para construir una planta de energía nuclear, uno destruye buena tierra de labranza, desgarra la comunidad local y pone en peligro vidas, casas y propiedades dentro de un área de varios miles de kilómetros cuadrados, eso es progreso industrial.
Para poder ser miembros de esta prestigiosa clase de profesionales desorbitados hay que cumplir dos requerimientos.
El primero es que deben ser hombres de carrera trashumante, por lo menos en espíritu. Esto es, no deben tener lealtades locales; no deben tener puntos de vista locales. Después de todo, para ser capaz de profanar, de poner en peligro un lugar, uno debe ser capaz de abandonarlo y olvidarlo. Nunca debe pensar en ningún lugar como el hogar de uno. Nunca debe pensar en ningún lugar como el hogar de alguien. Nunca debe pensar que ningún lugar es más valioso que aquello en lo que se puede convertir o que lo que puede obtenerse por él. A diferencia de la vida en el hogar, la cual hace más particulares y preciosos que nunca los lugares y las criaturas de este mundo, la vida de los profesionales generaliza el mundo, reduciendo su diversidad abundante y generosa a “materia prima”.
Cuando las instituciones educativas preparan a la gente para abandonar su hogar, han redefinido la educación como “preparación profesional”. Y al hacerlo, han creado las mercancías —algo que puede ser comprado para hacer dinero con ello. La gran equivocación de esto es que oscurece el hecho de que la educación —la educación real—es gratis. Estoy necesariamente al tanto de que las escuelas y los libros tienen un costo que debe ser pagado pero aún así estoy seguro que lo que se enseña y se aprende es gratis. Ninguno de nosotros podría ser tan tonto como para suponer que el valor de un buen libro es igual al valor económico de su papel y tinta, o que el valor de un buen maestro es equivalente a su salario. Lo que se enseña y se aprende es gratis. Invaluable, pero gratis. Convertirlo en una mercancía es arruinarlo. Cuando le fijamos precio, reducimos su valor e impedimos que quien lo recibe vea las obligaciones que siempre acompañan los buenos regalos: usarlos bien y entregarlos sin daño.
Para convertir la educación en una mercancía, por tanto, es inevitable hacer una especie de arma con ella —para disociarla de su sentido de obligación, y así ponerla directamente al servicio de la codicia.
Las gentes que estaban en el estrado de la reunión que describí al principio se percibían a sí mismos, seguramente, como servidores públicos. Pero eran servidores del público en general, lo que significa, en la práctica, que podrían ser enemigos en cualquier momento de cualquier segmento particular de ese público en general. Como servidores de lo que deben haber pensado que era el bien general, se mostraron dispuestos a sacrificar el bienestar de cualquier comunidad o lugar particular —lo cual, por supuesto, es una forma de decir que no tuvieron forma alguna confiable para distinguir entre el interés público y el propio. Cuando aparecieron ante nosotros, estaban al servicio de su propio compromiso profesional y su propia ambición. No vinieron a tranquilizarnos, en la medida en que hubieran podido hacerlo con honestidad, o para atender nuestras justas reclamaciones. No vinieron siquiera a precisar si nuestras reclamaciones eran justas. Vinieron a desorientarnos, aturdiéndonos con su jerga de expertos, para implicar que nuestros temores eran ignorantes y egoístas. Su forma de prestarnos atención fue simplemente una forma de ignorarnos.
Esa reunión, entonces, no fue realmente una reunión, sino la puesta en vigencia de una división que está rápidamente penetrando en nuestro país: una división entre gente que está tratando de defender la salud, la integridad, incluso la existencia de lugares cuyos valores se resumen en las palabras “hogar” y “comunidad”, y gente para la que estas palabras no tienen valor alguno. No dudaría en decir —lo siento con todas mis fuerzas— que los defensores de los hogares y las comunidades están en lo correcto.
No quiero decir con esto que la gente que tiene lealtades y puntos de vista locales no tengan un legítimo interés en la energía. Lo que quiero decir es que su interés es diferente en calidad y clase a los intereses profesionales. No estarían dispuestos a utilizar energía que destruyera sus fuentes naturales o humanas, o que pusiera en peligro al usuario o al lugar en que se utiliza. No creerían que van a mejorar sus vecindarios haciéndolos insalubres o peligrosos. No creerían que es necesario destruir su comunidad para poder salvarla.
El segundo requerimiento para pertenecer a la clase de vándalos profesionales es una “elevada educación”. La elegibilidad de cada quien debe estar certificada por una universidad, porque independientemente de la condición o cualidades reales de las mentes involucradas, esta clase es intelectual y elitista. Proponen cometer su vandalismo pasando a su lado; cuando sus propósitos requieran trabajo sucio, otras manos lo harán.
Muchos de estos profesionales han sido educados, con abultados recursos públicos, en colegios o universidades que originalmente tenían un claro mandato de servir a las localidades o a las regiones —para recibir a las hijas e hijos de sus regiones, educarlos y mandarlos de nuevo a casa para servir y fortalecer sus comunidades. El resultado demuestra, creo, que generalmente han traicionado este mandato, y que han servido en cambio para desarraigar los mejores cerebros y talentos y llevárselos lejos de casa, para encaminarlos a carreras explotadoras y convertirlos en depredadores de sus comunidades y los hogares, los suyos y los de otras gentes.
Por supuesto, la educación, en su verdadero sentido consiste en habilitar para servir tanto a la comunidad humana que vive en sus hogares o vecindarios naturales como a las posesiones culturales preciosas que la comunidad viviente hereda o debe heredar. Educar es, literalmente, “criar”, llevar a los jóvenes a una madurez responsable, ayudarlos a cuidar bien lo que se les ha dado, ayudarlos a ser caritativos con sus semejantes. Tener tal educación es obviamente placentero y útil. Que una cantidad considerable de humanos deban tenerla es probablemente una de las necesidades de la vida humana en este mundo. Si esta educación se va a utilizar bien, es obvio que debe ser utilizada en alguna parte; debe ser utilizada donde uno vive, donde uno intenta continuar viviendo; debe ser traída a casa.
Traducción: Gracia Esteva y Marta Ortiz Monasterio
*           Publicado en Opciones, 38, junio 1993.

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HACIA UNA ACTITUD ECOLÓGICA PROFUNDA


14 de Julio de 2010 · Por jbcs.blogspot.com*

Afortunadamente, es claro que la preocupación ecológica se está extendiendo en la sociedad, pero hay que evitar quedarse en una actitud superficial.

Hay dos actitudes

a) Una es la de los "ambientalistas". Actúan como bomberos, apagando fuegos: hoy piden que un parque sea declarado nacional, mañana protestan contra la construcción de una represa, pasado mañana contra una mina... Está bien lo que hacen, y es necesario hacerlo, pero no basta, no resuelve los problemas; simplemente cura síntomas, pone parches, pero permite que problema principal, la causa continúe ahí.

La actitud superficial identifica los problemas ecológicos en aquello que impide el funcionamiento de la "sociedad moderna desarrollada" (agotamiento o contaminación de los recursos, desastres...). Confía en que las soluciones tecnológicas industriales podrán mantener los daños dentro de límites soportables. No se le ocurre cuestionar el mito del desarrollo ilimitado, del crecimiento económico constante... Es decir, está dentro del sistema, es deudora de la misma mentalidad que ha causado el problema ecológico. Propone una política de soluciones que no cortan el mal, sino que lo prolongan... Decía -Einstein que un mal no se puede arreglar con una solución que está dentro de la misma mentalidad que causó el problema. La actitud ecológica ambientalista -también llamada reformista o superficial- está bien intencionada, pero no es la solución.

b) Otra actitud es la radical, que quiere ir a la raíz de los problemas. Las varias corrientes ecológicas que aquí se agrupan coinciden en identificar esa raíz en -las ideas y representaciones que han posibilitado la depredación de la naturaleza y han llevado al mundo occidental hacia la autodestrucción. Proponen luchar por un cambio en las ideas profundas que sostienen nuestra civilización y configuran nuestra forma de relación con la naturaleza, relación que nos ha llevado al desastre actual y a la previsible catástrofe.

La actitud ecológica radical implica una crítica a los fundamentos culturales de Occidente. Cuestiona fundamentalmente: la primacía absoluta que damos a los criterios económico-materiales para medir la felicidad y el progreso; la creencia en la posibilidad de un crecimiento constante e ilimitado tanto en economía como en comodidades y en población humana, como si no hubiera límites o no los estuviéramos ya sobrepasando; la creencia de que la tecnología y el crecimiento solucionarán todos los problemas; la ignorancia crasa de la complejidad de la vida en este planeta, y el absurdo de una economía que todo lo cuantifica menos los costos ecológicos...

Este concreto -viejo paradigma, esta forma tradicional de pensar, que tiene raíces filosóficas y hasta religiosas, es lo que nos ha puesto históricamente en guerra contra la naturaleza, contra la biodiversidad, contra los bosques, los ríos, la atmósfera, los océanos... Sólo cambiando esa vieja forma de pensar nos podemos reconciliar con el planeta. Ésta es la actitud llamada "ecología profunda" (cfr pág. 46), eco-sicología, ecología fundacional, radical o revolucionaria.

Comparación entre las dos actitudes ecológicas

La segunda actitud, la radical, trata de buscar:

No sólo los síntomas (contaminación, desastres), sino las causas (modelo de relación con la naturaleza).

No sólo el bien de los humanos, sino el bien de la vida, de toda vida, por su propio valor intrínseco.

No sólo acciones paliativas, sino cambio de ideas, de presupuestos filosóficos, estilos de vida, valores éticos, autocomprensión de nosotros mismos... o sea, mentalidad nueva, "cambio de paradigma".

No tanto cambiar la naturaleza, cuanto cambiarnos a nosotros mismos (una ecología también "interior").

No considerarlo todo en función del ser humano (antropocentrismo), sino poner a la vida en el centro (biocentrismo) y al ser humano entre los demás seres (valoración conjunta de todos los seres).

Reconsiderar nuestra "superioridad" humana, superando nuestra clásica infravaloración de la naturaleza (considerándola "materia" inerte, mero repositorio de objetos y recursos...), y dejando de considerarnos sus dueños y señores absolutos.

Una actitud ecológica integral

No basta, pues, una actitud de "cuida-do" de la naturaleza (no dilapidar, ahorrar, calcular e integrar a partir de ahora los costos ecológicos...). Eso está muy bien, pero hace falta mucho más.

Es necesario llegar a redescubrir a la Naturaleza...:

  • como nuestro ámbito de pertenencia,
  • como nicho biológico, como una placenta,
  • como camino de desarrollo y camino espiritual,
  • como revelación mayor para nosotros mismos.

Es una nueva forma de entender no sólo al cosmos, sino a nosotros mismos dentro de él, una verdadera "revolución copernicana". Un "nuevo paradigma".

Un "cambio de lugar cósmico" y otros cambios

Igual que la teología de la liberación habla de la necesidad de cambiar de "lugar social" (aquel sector o polo de la sociedad desde el que uno siente que vive y experimenta la historia, desde el sistema o desde los pobres), el nuevo paradigma de la ecología profunda nos pide también un cambio de "lugar cósmico". La mentalidad clásica tradicional nos hizo sentirnos como -fuera de la naturaleza (distintos), y -por encima de ella (enteramente superiores)... No nos considerábamos "naturaleza", sino "sobre-naturales", venidos "de afuera, y de arriba". Únicamente el ser humano tenía alma, mente y espíritu... Y la historia, en un plano superior al de la naturaleza, comenzaba siempre con el ser humano, considerando irrelevante y hasta ignorando la historia cósmica de casi 13.700 millones de años anterior a nosotros...

En el paradigma de la ecología profunda pasamos a sentirnos cosmos, a saber que somos -literalmente, sin recurso a la metáfora- "polvo de estrellas", naturaleza evolutiva, Tierra, que, en nosotros, llega a sentir, a pensar, a tomar conciencia de sí misma, a admirar y a contemplar...

La actitud ecológica profunda nos lleva a aceptar una serie de transformaciones asociadas:

  • auto-destronamiento: bajarnos del endiosamiento en que nos habíamos situado, y superar la ruptura y la incomunicación con la naturaleza;
  • superar el antropocentrismo, el mirarlo todo en función del interés del ser humano, pasando a considerar la centralidad de la vida, el "biocentrismo", desde el que todas las formas de vida tienen valor por sí mismas;
  • asumir nuestra historia cósmica evolutiva, sabiendo que somos su resultado final, la flor que lleva en sí misma en síntesis toda la historia de este caos-cosmos que se está desplegando ante nosotros gracias a la nueva cosmología, el "nuevo relato" que las ciencias nos están presentando, y no sólo una historia doméstica encerrada en los 3000 últimos años, a la que nos habían acostumbrado las grandes religiones;
  • revalorización de "lo natural", es decir, superación del prejuicio de que un "pecado original" lo estropeó todo primordialmente, e hizo pecaminoso y "enemigo del alma" al mundo, al sexo, al placer... y recuperar la seguridad de que el principio de todo fue más bien una "bendición original"...
  • redescubrir una idea y una imagen de Divinidad que no necesite de más "transcendencia" metafísica que de inmanencia en la materia, y que no quede en ningún caso separada de la realidad, en un 2º piso.

Una visión holística

Todo ello es una visión nueva, no antropocéntrica, sino holística: miramos ahora desde el todo (naturaleza), en vez de desde la parte (ser humano). Y creemos en la primacía del todo sobre la parte. El ser humano necesita de la Naturaleza para subsistir, la Naturaleza se las arregla muy bien sin el ser humano. El humanismo clásico postulaba que el ser humano era el único portador de valores y significado, y que todo lo demás era materia bruta a su servicio... Ha sido una visión gravemente equivocada, que nos ha puesto en contra de la naturaleza, y que ha de ser erradicada.

No se trata sólo de "cuidar" el planeta porque nos interesa, o porque está amenazada nuestra vida, o por motivos económicos, ni para evitar la catástrofe que se avecina... Todos estos motivos son válidos, pero no son los únicos, ni los principales, y aunque no estuvieran ahí, seguiríamos necesitando una "conversión ecológica" de nuestro estilo de vida, de nuestra mentalidad, incluso de nuestra espiritualidad. Necesitamos "volver a la Casa Común", a la Naturaleza, de la que, indebidamente, nos autoexiliamos en algún momento -todo apunta a que fue al comienzo del Neolítico, con la revolución agraria y urbana-.

Captar estos motivos más profundos, descubrir la ecología como "eco-sofía", como camino de sabiduría para nuestra propia realización personal, social y espiritual, es haber llegado a descubrir la "ecología profunda" como dimensión humana ineludible, para vivir en plenitud la comunión y la armonía con todo que somos, sabiéndolo y saboreándolo.

*Fuente:

http://jbcs.blogspot.com/2010/02/hacia-una-actitud-ecologica-profunda.html

Más info:

· VIDEO: La Abuela Margarita

La Abuela Margarita: Margarita Núñez Álvarez, conocida como la Abuela Margarita, descendiente y curandera de las culturas Maya y Chichimeca trae un mensaje de amor y espiritualidad ligado a la tierra desde lo femenino. Conocida y respetada entre los círculos indígenas de todo el mundo, esta mujer originaria del norte de México se ha convertido en vocera de la mujer. La abuela ha sido llamada desde muchos extremos del planeta para que su palabra sea oída. Ella proclama valores de la mujer como generadora y transformadora de la sociedad y lleva con su palabra de tradición y como guardiana del origen a nuevas miradas del mundo y de la vida.


¡Banca ecologista en el Parlamento Británico!

<b>¡Banca ecologista en el Parlamento Británico!</b>
Caroline Lucas - Ecologista

Histórico triunfo electoral de los Ecologistas en Gran Bretaña

Verdes británicos entran por primera vez en el Parlamento de Westminster

La Coordinadora Verde de España felicita a Carolina Lucas (49 años), primera diputada de Los Verdes de Inglaterra y Gales en el Parlamento británico. Fue elegida con 31 por 100 de los votos en la circunscripción de Brighton, por delante de los candidatos laboristas (28.9 por 100), conservadores (23,7 por 100) y liberales (13.8 por 100).

En palabras de Sonia Ortiga, coportavoz de la Coordinadora Verde , "hoy es un gran día para el ecologismo político inglés y británico, y enviamos nuestra enhorabuena a nuestra compañera Carolina Lucas por este estupendo resultado. Nos alegra ver que a pesar del sistema mayoritario a una sola vuelta, que tanto favorece a los partidos tradicionales, seabre un espacio cada vez mayor para otras propuestas políticas como la alternativa verde. Es una enorme esperanza que nos envía el Green Party: a pesar de nuestro sistema electoral injusto, también es posible en España".


Añade el coportavoz de la organización ecologista Florent Marcellesi: "Está soplando un viento muy propicio para la ecología política en toda Europa. Tras los estupendos resultados de Europe Écologie en Francia, la entrada de los verdes húngaros en su parlamento nacional, el primer eurodiputado verde en Grecia y ahora la primera diputada en el Parlamento de Westminster, estamos con mucho ánimo para seguir construyendo la alternativa verde en España y obtener también nuestros primeros escaños verdes en el Congreso en 2012."




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Uno de los más inspirados exploradores del impulso evolutivo de la consciencia humana durante el siglo XX y la era actual, publicó revistas emblemáticas como Mutantia, fundó redes ecologistas en variadas latitudes, desarrolló el concepto de Multiversidad, creó la dinámica meditativa Holodinamia y mediante traducciones, ediciones y obra personal ha concretado más de cincuenta libros inspirados por su sensibilidad poética, espiritual y visionaria. Ha traducido a Thomas Merton, Mahatma Gandhi, Jalaludín Rumi, el Maestro Eckhart, William Blake y otros. Sus obras más recientes son la 4ª edición de Cómo vino la mano, Celebración de la vida intensa, Desarrollo intuitivo, Somos la gente que estábamos esperando, Ternura: deleite supremo y Poesía y Libertad.